La trilogía del Imperio del Raadch, por Ann Leckie. Reflexión llorosa

Hay varios libros que me han humedecido los ojos, como La Historia Interminable, pero sólo ha habido cuatro que me hayan hecho soltar lagrimones al leerlos. El primero de todos fue Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, cuando Harry se interna en el Bosque Prohibido y activa la Piedra de la Resurrección, invocando a sus padres, Sirius, Remus y más gente que le dan su apoyo para enfrentarse a Voldemort; aquí lloré sin darme cuenta, al golpearme el final de toda la saga de golpe. El otro libro fue Ronda de Noche, que siempre acabo mal cuando Vimes lista los nombres de los caídos, y lloro de frustración porque eran gente haciendo su trabajo, intentando hacer que el mundo sea un lugar decente y este no les deja. Y siguiendo con Pratchett, lloré a lágrima viva, durante cinco minutos con Me vestiré de Medianoche, cuando la certeza de que era el final me desgarró por dentro; una de las cosas que más me ha costado leer es el capítulo dos.
Y el último que se ha unido a este panteón, por llamarlo de alguna forma es Misericordia Auxiliar, de Ann Leckie. Porque Leckie no te deja un momento de tregua en todo el libro, soltándote una idea detrás de otra, sin que te de tiempo a respirar casi.

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